Soy muy bueno recordando hechos que me sucedieron hace muchos años atrás. Todas las mañanas, cuando aún no estoy completamente despierto, comienzo a rescatar recuerdos al azar desde mi memoria, por largos minutos, mientras no tenga nada importante que hacer. Rescato hechos puntuales de mi vida, y juego a visualizarlos una y otra vez, como en un reproductor DVD, rebobinando y volviendo a verlo. Sea un recuerdo placentero o desagradable, disfruto poder manipularlo a mi antojo, y observarlo con tanto realismo como cuando lo viví por primera vez.
Me gusta mucho la fotografía. Atesorar un instante, un trocito de mundo, en una imagen que no cambiará en el tiempo, lo encuentro impagable, dada la velocidad a la que se mueven tanto el mundo alrededor nuestro como nuestras propias vidas. Fotografiar escenas únicas, objetos o lugares que quizás no volveré a ver, me hacen sentir nuevamente como el amo del tiempo, quien puede detener la marcha de todo a su antojo, tal como con los recuerdos por las mañanas. Eso sí, por alguna razón no me gusta conservar fotos de gente en lugares como en mi pieza, o en mi billetera; siempre las conservo guardadas, y no a la vista, ni aunque sean mis mejores amigos o mis más queridos familiares.
Analizando esto que he relatado, se puede ver que tengo un gran apego al pasado, apego que en mayor o menor grado puede afectar mi capacidad de gozar mi vida mirando hacia el futuro. Digo esto porque existen muchas personas que llegan a encerrarse en el círculo vicioso de sus vivencias pasadas, dándole demasiada importancia a los recuerdos, y no logran (o no quieren) abrir sus mentes para poder cambiar ese comportamiento. Hasta hace un par de años atrás, yo era más o menos como este tipo de gente, pero entonces me di cuenta de una gran verdad, verdad que para muchos puede parecer trivial, pero aún hay otros muchos que no lo aplican a sus vidas: las cosas buenas son buenas porque duran poco.
Claro que sí. Las cosas buenas generalmente pasan por poco tiempo frente a nuestros ojos; y, en lugar de lamentarnos porque uno de estos hechos haya acabado, debemos sonreír, convertir esa bonita experiencia en un lindo recuerdo y seguir viviendo atento a los pequeños detalles de la vida que nos pueden alegrar hasta los días más duros. Por eso también tenemos esa bendita capacidad de olvidar. Para poder tener la mente siempre dispuesta a atesorar nuevas experiencias, mirando siempre con optimismo el día a día, dejando en un segundo plano a los recuerdos y en un tercero los malos momentos.
Ciertamente, el recordar cosas o personas nos sirve como complemento en nuestras vidas, desde hacernos esbozar una sonrisa hasta emocionarnos hasta las lágrimas, pero debemos tener bien en consideración que lo más fascinante de la vida no es lo que se ha vivido, sino es lo que aún está por vivirse; los recuerdos y las fotos, resérvenlos para sus nietos.
Terminaré este ensayo aquí. Ahora, si me disculpan, debo ir a retirar mi cámara fotográfica del servicio técnico...
...¡es que me fascina fotografiar paisajes!
(*) Nota: Ensayo preparado para ser presentado, en inglés, como requisito de admisión en la Universidad Cristiana de Texas, Estados Unidos.




